Promover una cultura de trabajo en equipo, en cualquier institución educativa, es un enorme desafío que recae principalmente sobre el equipo directivo y su capacidad de liderazgo. Existe cierto consenso al considerar que el trabajo en equipo genera múltiples beneficios para todos los miembros de la comunidad educativa; de igual forma, la experiencia se ha encargado de demostrar las enormes ventajas que el trabajo en equipo depara para mejorar todos los procesos de gestión, lo cual redunda, necesariamente, en el fortalecimiento de los aspectos formativos misionales.
El trabajo en equipo
es definido por la UNESCO (2002) como “una modalidad de articular las
actividades laborales de un grupo humano en torno a un conjunto de fines, de
metas y de resultados a alcanzar”. El grupo es un “conjunto de sujetos, ligados
afectivamente, que se reconocen mutuamente como integrantes del mismo espacio
de convivencia; el equipo implica un grupo de sujetos articulados emocional,
intelectual y activamente por una tarea y objetivos comunes, enfocados a la
búsqueda de resultados” (OEI, 2018). Sin embargo, lograr esa articulación es
una tarea difícil en un contexto que nos vende la idea de la competencia
continua y en ocasiones desproporcionada, que favorece los logros individuales
sobre los comunes, además que desmotiva al docente al no ver reconocido su
trabajo como lo desearía.
Algunos antecedentes del trabajo en equipo entre docentes, en el ámbito latinoamericano, son los denominados círculos de aprendizaje, las redes de aprendizaje, las redes de docentes, las expediciones pedagógicas (Antúnez, 1999) y los grupos profesionales de trabajo (Vaillant, 2017). En Colombia también se han constituido grupos para hacer posible el trabajo en equipo, con pretensiones de fortalecer los procesos educativos; algunas de estas iniciativas destacadas son las comunidades de aprendizaje, impulsadas por el Programa de la Excelencia Educativa “Todos a Aprender 2.0” del Ministerio de Educación Nacional (MINEDUCACIÓN, 2015); otra experiencia digna de ser mencionada son los Microcentros Educativos Rurales, que surgieron a la luz del programa Escuela Nueva; estos Microcentros se convirtieron en espacios de reflexión y acción pedagógica, que pretendían mejorar la planeación, las metodologías, la evaluación y las prácticas de aula en general.
No obstante, a pesar de las contribuciones del trabajo en equipo para el logro de las metas propuestas, en la cotidianidad de las instituciones educativas no ha podido constituirse en una práctica frecuente, lo cual se debe a múltiples causas, entre las cuales los Directivos Docentes comprometidos con este proyecto coinciden en destacar los siguientes, con base en sus experiencias particulares:
En primer lugar, al
constituir los equipos de trabajo por áreas y proyectos, se hace evidente una
falta de liderazgo de los docentes, la cual se manifiesta en trabajo
desarticulado y pobres avances en los procesos de planeación y ejecución de
acciones propias del propósito de dichos colectivos. Esta falta de liderazgo
tiene relación con la subvaloración del propio trabajo por parte de algunos
docentes, especialmente de los que se desempeñan en el nivel de Básica Primaria,
para quienes es perturbador interactuar con los de Secundaria y Media; de otro
lado, las dificultades para el manejo de la inteligencia emocional, hacen que
muchos docentes prefieran relegarse, para evitar confrontaciones con sus
colegas, lo que redunda en una falta de motivación para aportar ideas,
propiciar transformaciones y proponer innovaciones.
De otro lado, es claro que existe un desconocimiento sobre las formas y procedimientos del trabajo en equipo, cuyo origen está en la falta de referentes, tanto conceptuales, desde la misma formación de los docentes, como prácticos, dados, entre otras razones, por el hecho de que el liderazgo directivo, en la mayoría de los casos, adolece de un plan consciente, intencionado y organizado para institucionalizar este tipo de prácticas, lo que limita la posibilidad de que se conviertan en los grandes dinamizadores, impulsores y acompañantes permanentes de una cultura del trabajo en equipo. Así mismo, la estructura del sistema educativo genera una división entre los docentes, por pertenecer a regímenes diferentes, que originan condiciones laborales disímiles, ante las cuales se producen brechas que, en la mayoría de los casos, no se gestionan de manera adecuada, lo que se suma a condiciones administrativas que obstaculizan las posibilidades de encuentro, como la falta de disponibilidad de horarios comunes para el encuentro, las distancias físicas entre las diferentes sedes de las instituciones educativas, las dificultades de conectividad en algunas de ellas, que impiden que los encuentros se puedan dar de manera virtual, las limitaciones en el presupuesto para la ejecución de acciones conjuntas, entre otras.
Desde otra perspectiva, el individualismo se considera un tropiezo para la consolidación de un genuino trabajo en equipo, toda vez que prevalece la cultura de la competencia, a partir de la cual interesan más los logros y reconocimientos personales, que el alcance de propósitos colectivos; esta situación es reforzada por posturas individualistas de algunos docentes, desde las cuales no solo es importante figurar, sino que revelan una incapacidad para escuchar a otros, para negociar diferentes puntos de vista y para construir productos colectivos, con lo cual se facilita más hacer el trabajo de manera individual.
Estas causas de las limitaciones para el trabajo en equipo, situación problema elegida por los Directivos Docentes de este colectivo para generar transformaciones en sus instituciones educativas, originan unas consecuencias en el trabajo dentro de sus contextos laborales y, consecuentemente, en el logro de las metas planteadas desde la gestión directiva; entre ellas, las que más se destacan son las siguientes:
Es indiscutible que existen actividades en las que es indispensable el trabajo colectivo, tales como la construcción de los planes de área, los planes de aula y la puesta en marcha de los proyectos trasversales; si tales actividades se llevan a cabo a partir de productos y esfuerzos individuales, seguramente se percibirán fragmentados, carecerán de coherencia y articulación y, con dificultad, responderán a los requerimientos de la comunidad educativa o permitirán obtener los logros esperados en términos de los procesos formativos de los estudiantes.
Derivado de esta forma de trabajo, que limita completamente el diálogo de saberes y la construcción colectiva del horizonte institucional, la sinergia para el cumplimiento de la misión, la visión y los objetivos estratégicos será nula, con lo cual no será posible su consecución.
Por último, vale la pena hacer hincapié en que esta forma de trabajo de los docentes no permite transmitir a los estudiantes las ventajas del trabajo en equipo, que se constituye en una de las competencias esenciales que deben desarrollarse en los ciudadanos del siglo XXI (CEPAL, 1992) y su omisión se considera una falta significativa a la observancia de la misión formativa de cualquier institución educativa.
En la Figura 1,
mediante la técnica del árbol de problemas, se presentan de manera gráfica los elementos
expuestos hasta este punto.
Finalmente, es importante poner de manifiesto que con la implementación e institucionalización del trabajo en equipo se busca que los docentes amplíen el dominio disciplinar, expandan la apropiación conceptual sobre referentes teórico-pedagógicos y, en últimas, se busca hacer posible que los estudiantes accedan a mayores y mejores aprendizajes.
Referencias
bibliográficas
Antúnez, S. (1999).
El trabajo en equipo de los profesores y profesoras: factor de calidad,
necesidad y problema. El papel de los directivos escolares. Educar, 24, 89-110.
Recuperado de http://hdl.handle.net/2445/22305
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